Hace poco, releyendo algunos cuentos de Angeles Mastretta, me encontré con una verdad irrefutable: "Hay menos tiempo que vida". 
Es cierto. Tendemos a ocupar nuestros días preocupándonos por las consecuencias de aquello que hicimos ayer o hace un mes, pensando en lo que pudo ocurrir si en vez de hacer lo que debíamos hubiéramos hecho lo que queríamos. Tal vez estamos angustiados por solucionar algo mañana o la otra semana, o a dónde iremos de vacaciones en un año, o cuántos nietos nos darán los hijos que aún no tenemos.
Nos olvidamos de observar el camino por el que estamos transitando, mientras intentamos deshacer la senda que ya pisamos o de vislumbrar el horizonte lejano. No olemos las flores, no vemos las nubes, no sentimos el calor del sol, nos perdemos de lo único importante, lo único que tenemos seguro: el aquí y el ahora.
Hay menos tiempo que vida. Si despojamos el corazón humano de todas sus angustias y miedos, de sus resentimientos y recuerdos, encontraremos un cúmulo de sueños, una larga fila de anhelos esperando a ser atendidos, gritando entre el ruido de la cotidianidad con la esperanza de ser escuchados.
¿Qué estamos esperando? Seguramente, pensarás que ahora no tienes el dinero suficiente, es importante establecerte primero, tener un buen empleo, encontrar a alguien, alcanzar un determinado status, qué puedo saber yo de tus excusas y de tus pretextos. Pero, reconozco los míos y al hacerlos a un lado, escucho un murmullo en mi interior que me pide que deje salir a mi verdadero yo, que no lo oculte más, que no lo hiera más.
Hay menos tiempo que vida. Cuando tenía 17 años, tenía el futuro en mis manos y la claridad para saber a dónde quería llegar.
Hoy, sé que todavía me falta mucho por alcanzar, sé que algunas de decisiones no han sido necesariamente lo que hubiera querido sino lo que tuve que hacer, sé que mi vida todavía no es todo lo que puede llegar a ser.
Siento el latir de mi corazón y la continua pregunta en mi mente: ¿qué harías? ¿qué harías si hoy se te acabará la vida?... Es gracioso, pero las respuestas que me doy no tienen que ver con dinero, ni carrera, ni status, ni casas, ni autos... tienen que ver con abrazos, besos, caricias, con amigos y amigas, con situaciones afectivas por saldar, con pasiones que me urge recuperar.
¿Por qué esperar hasta después? ¿Y si no hay un después?
Es todo. No tiene sentido que lo escriba, es mejor hacer esas llamadas, esas con las que recobraré a mis amigos, empezar a construir la realidad desde los sueños, me reconciliaré, primero conmigo y luego con la vida...
Y tú... ¿qué haces? ¿todavía estás leyendo? ...¿acaso no lo has entendido? Este es el único instante que tenemos para tocar la felicidad con la punta de los dedos... decide cómo y empieza ya!



Comentarios recientes
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses
hace 2 meses